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UNÁMONOS, ANTES DE SEGUIR DECEPCIONÁNDONOS

Texto originalmente incluido en el libro “La Historia de Vida Mucosa” de J. Adaros como anexo.

Imágenes: www.pixabay.com

Independiente del desarrollo de la ciencia oficial, el hecho que no todos los procesos puedan ser cubiertos e integrados de una manera que le haga sentido a las personas que no tienen su vida dedicada a algo científico, ha permitido que nazcan distintas miradas que tratan de cubrir estos aspectos, fundamentalmente del plano energético y nutricional, coincidiendo todos en la mirada personal del paciente, a diferencia del convencionalismo que nos ve a cada uno como un número más dentro de una población determinada.


Desde el punto de vista de la atención médica, no todos los facultativos son malas personas o desean mantener perpetuos los procesos de la forma en que se ven hoy en día, pero el velo que cubre la vista hacia afuera de la caverna de Platón los hace caer en el mismo juego del síntoma-prescripción, contribuyendo al malfuncionamiento de las cosas, o sea, a que la linealidad misma lleve a todos los problemas que viven las personas persistentemente en esta era.


Así, me voy a tomar la libertad de ver lo malo que debiera cambiar para poder trabajar de una vez por todas unidos como lo hace la naturaleza para ayudar como corresponde, que es por lo cual abrazamos una profesión en el ámbito de la salud varios de nosotros.


LA FORMACIÓN


Supongamos que desde niño alguien tuvo el sueño de dedicar sus días a la medicina. Miraba con profunda admiración a aquellos empaquetados seres de blanco que deambulaban en centros de salud. Su estampa y aire de humanidad era algo tan imponente que no hacía más que hacer crecer en él las ansias de lograr ser uno de ellos, de poder dedicar su vida a ayudar al prójimo con actos terapéuticos en busca de recuperar la salud y evitar el dolor.


Con el tiempo y tras muchos sacrificios familiares y personales, este soñador pudo lograr unirse a ese club, para tristemente darse cuenta que cada uno de los individuos envueltos de blanco estaba dentro de un sistema asistencial al borde del precipicio.


El modelo sanitario en el cual soñaba trabajar se basa en examinar a una persona, que se presenta con un conjunto de signos y síntomas que, agrupados en su totalidad o gran parte de ellos, derivará en algo generalmente llamado Síndrome, el cual mediante análisis estandarizados de acuerdo a siglos de estudio, rematará con un apelativo conocido como diagnóstico, el que a su vez concluirá finalmente en la prescripción de uno o varios productos farmacéuticos, quizás algún procedimiento instrumental o la interconsulta a algún amigo profesional de la salud que estará preparado en invertir mucho tiempo en la aplicación de pautas y normas en virtud de ese diagnóstico y esos resultados de exámenes.


Con dedicación y esfuerzo en su proceso de formación se enclaustraba a estudiar y a tratar de comprender cómo eran los pasos a seguir en cada caso, en el cual la estandarización y el pensamiento lineal marcaban el compás y la pauta para terminar encerrando a ese enemigo denominado enfermedad, en una suerte de jaula imaginaria donde a base de fármacos se iba a lograr la recuperación de una persona en múltiples oportunidades. Estrictamente llevado a cabo, cada uno de estos pasos dentro de un algoritmo a seguir garantizaban el éxito terapéutico.


A su vez, todos estos conocimientos eran puestos en combate permanentemente con visitas a enfermos hospitalizados, donde florecía la riqueza semiológica de esos cuadros graves que con asombro miraba desenvolverse en hojas y hojas de libros escritos por múltiples y prestigiosos médicos.


El sistema de algoritmo y prescripción de medicamentos o procedimientos no era puesto en duda, ya que se observaban correr los procesos de salud de cada paciente de acuerdo a lo pauteado por la norma, quizás había un ligero cambio, pero no era más que un incidente estadístico, al igual que si uno o varios enfermos se complicaban y terminaban falleciendo, ya que se consideraba parte de su destino.


Esa formación no ocultaba los vicios y problemáticas que gobiernan a los sistemas sanitarios destinados a la población de menos recursos económicos. El hacinamiento, el no respeto por el paciente al considerarse un número, las injusticias para la persona que no tiene cómo pagar mejores procedimientos, la soledad, el abandono, los malos tratos dados por un personal un tanto estresado, los largos tiempos de espera, en fin, eventos inhumanos que por más que los que a diario trabajaban ahí tratasen de cambiarlo no podían, ya que era tanta la saturación y tanta la injusticia que el modelo había mantenido en el tiempo que ya actuaba por su cuenta y estaba realmente enquistado en el mundo sanitario.

Pese a ello, existía la ilusión y la esperanza que las cosas podrían tomar otro rumbo y que gracias a la santa medicina que todo lo puede, la aplicación de la norma y el protocolo como correspondía terminaría por derrotar a la enfermedad y lograría nuevamente mostrar al galeno de turno como un salvador y una suerte de ángel de luz.

Confiando en esto, llegaron los años ambulatorios como parte de la práctica profesional fuera del ámbito hospitalario y ahí la sorpresa fue devastadora…

EL MODELO

El modelo basado en la prescripción y todo lo que el mundo conoce, tiene cierto rendimiento satisfactorio al intentar restituir la vida, concepto basado en parámetros de signos vitales fundamentalmente y al grado de conciencia que una persona pudiera tener, entre otros. El asunto es que todos nos hemos dado cuenta que este modelo impuesto desde otro lejano país, es realmente patético a la hora de considerar las llamadas enfermedades crónicas no transmisibles.


En lo que es la generalidad de la medicina, es decir, actuar como médico de cabecera prácticamente, en el ejercicio de una salud ambulatoria, el nivel de resolutividad verdadera es francamente deplorable. Ingresa un niño que no para de toser, un adulto con epigastralgia sin resolución, una abuela que no puede levantar un hombro, un joven que no para de llorar ni superar sus miedos por una depresión, un esquizofrénico desatado que es un miedo constante para toda la comunidad, una madre que le duele todo y le han dicho que lo suyo es fibromialgia, una personas con psoriasis o vitiligo, un portador de algún cáncer en etapa IV, un abuelo postrado que nadie quiere ir a ver porque es demasiado desagradable y así, se podrían llenar varias páginas con casos al aire que están permanentemente colapsando los sistemas de salud por su nula o escasa capacidad de respuesta y de dar una verdadera solución. Y esto se sabe hace mucho, pero el mismo sistema fibrosado impide que las cosas cambien; aparentemente no hay voluntad porque el egoísmo de algunos impide ver más allá y también obstruye las posibilidades para invertir el tiempo y esfuerzo en ir contra toda la corriente. Por lo mismo muchos nos salimos de ese sistema finalmente, porque aparenta ser la única vía posible: la rebeldía desde lejos del sistema, pero más cerca de la gente.


Existen múltiples casos clínicos de prestigiosas revistas en que el manual indica que tal o cual fármaco deben ser prescritos y con un control futuro. Si no resulta, pues fácil, se pide algún examen o análisis (si es que no se hizo antes). En caso de estar en un verdadero incendio sintomático, tenemos las instancias de derivación e interconsulta a connotados especialistas para que arreglen el entuerto, cuestión que casi nunca sucede, sobre todo con los cuadros de dolores crónicos, atribuyéndole a cada ser la responsabilidad de dicho cuadro, calificándolo de “psicosomático” o algo parecido.


Simplemente pareciera ser cosa de aglomerar síntomas y signos –no importando que algunos estén ausentes– de acuerdo al diagnóstico que se desea, luego mezclarlos con un poco de análisis de laboratorio, para finalmente terminar en los manejos impuestos por la norma y, si no resulta, derivación a quién corresponda o decirle al paciente que lo suyo es “viral” u otro argumento similar. Este modelo es muy fácil de desarrollar, tornando la práctica médica más lineal aún y de una comodidad abismante. Total, quien sufre no es el médico.


¿Cómo no va a haber otra forma? Pues sí, independiente de todo lo alternativo o complementario, la medicina en sí, la clásica, la desarrollada desde años ancestrales y que respira sus días en la academia, tiene bases bellas y un interactuar con el enfermo de una manera muy diferente a cómo se desarrolla hoy.


El modelo implica que uno está regido por tiempos, ya que la demanda asistencial es elevada, por lo cual para poder cumplir con todo lo que se necesita uno se transforma en un mico autómata que debe atender, de la manera más fugaz posible, la cantidad total de pacientes destinada por agenda, complementándola con toda la burocracia y papelería correspondiente a los fármacos, la prescripción, interconsultas y otros, pues claro, también hay que respaldarse legalmente ya que en los tiempos modernos mucha gente demanda y demanda sin control.


Al final, el médico se centra en el síntoma que más le incomoda a la persona y se maneja eso, el resto se debe de diluir entre órdenes y formularios para distintos actores dentro de este proceso de enfermedad, más que de salud.


Por otro lado, surgen presiones desde las partes superiores de la pirámide para lograr metas estadísticamente significativas que avalen el trabajo de señores de escritorio que a toda costa quieren mantener sus puestos laborales privilegiados dentro del contexto sistémico. Si los números coinciden, será un aparente éxito para todos, del cual muy pocos disfrutarán.


Súmese también una de las cosas que más detesta la gente y que se da cuenta que existen, que son lo que podríamos llamar incentivos perversos. Es que muchos médicos serían tentados por compañías, que la gente sabe y está informada, para poder vender sus productos y que, de acuerdo a cómo vayan variando los números, tarde o temprano esa fidelidad sería premiada con un viaje a un curso, seminario, taller o congreso donde personajes semejantes verán las últimas novedades en manejos que no siempre dan buenos resultados a la inmensa mayoría de los pacientes.


Con el mencionado modelo, el sueño más huele a pesadilla ¿qué se puede hacer ante esto?


EL MÉDICO



Ese mágico ser de bata blanca suele tener un rol no menor en todo este desbarajuste generalizado. Siendo niño, su inteligencia académica, la cual no necesariamente está acompañada por otros tipos de intelecto como el emocional o el social, por ejemplo, es siempre galardonada, lo que en una representativa cantidad de casos lleva a personas con un ego un poco más elevado de la media a postular a esta profesión. Esto se nota permanentemente en varios de los mencionados, donde sus temas del diario vivir tienen la tónica de la autorreferencia y la autoalabanza.


Esa forma de ver tan técnicamente todo va enfriando el alma de muchos de nosotros, entrando inconscientemente en el juego de síntoma-prescripción. Esto lleva a que algunos sigan ahí, mientras que otros, buscando escapar de esto, traten de encerrarse aún más en la linealidad y se enfoquen en áreas más resolutivas del saber, donde surge la cirugía como una suerte de héroe justiciero y que, bajos los ojos alópatas, es un ejemplo a seguir en cuanto a resolución de enfermedades, pero que bien sabemos desde otros ámbitos que es una muestra más del enmascaramiento sintomático. Aunque lo triste es que hay algunos que siguen este último camino netamente como algo en virtud de su ego. Estrictamente cada uno puede hacer lo que quiera, pero para mí no es algo que coincida con el pensamiento a lo que corresponde la medicina en sí.


Por supuesto que no son todos los casos, pero en una cantidad considerable los profesionales a cargo de las personas están acostumbrados a la fanfarronería y a seguir a la manada académica oficial en todo lo que hace, donde las señales de éxito son las subespecializaciones y el estar en tal o cual centro de salud de referencia mundial, no percatándose que sus esfuerzos técnicos no siempre coinciden con la resolución de los problemas de los seres singulares. Entonces, ¿qué hacer?

EL PACIENTE


A esa persona que le tocó el noble rol de ser tildado de paciente, desde que nació le han explicado que su salud depende de otro y que, por lo mismo, debe hacerla valer como un DERECHO.



Se ha extirpado a la persona, cual tumor, de su autonomía sanitaria y se le ha adoctrinado para que cada vez que sienta que le ocurra algo, vaya donde un señor de bata blanca y le exponga en su escritorio el síntoma, omitiendo muchos datos, a la vez que espera que llegue la receta que esa persona piense que es la más indicada con la solicitud del examen respectivo. Externaliza algo propio para que el sistema lo tome, se haga parte, lo solucione y después le restituya su salud, sin un mayor esfuerzo.


Esto calza perfectamente con el modelo de salud, con el médico, su formación y con la macabra prescripción de productos para la resolución de síntomas. El asunto pasa porque al paciente no se le quita aquél, requiriendo más fármacos y más exámenes, los cuales no siempre le hacen desaparecer la misma sintomatología. Se deriva al especialista y si no se puede operar o instrumentalizar, o se deriva a psicoterapia o se desampara. Terriblemente cruel, terriblemente frecuente.


La idea de la prevención en salud entonces no suena tan disparatada, el problema es que sucesivamente es mal llevada porque se sigue instalando la idea que la salud corresponde a los demás y no a uno mismo.


Pues bien, desde muchos ha nacido la necesidad de plantear la salud también como un DEBER, donde cada ser humano apunte a prevenir, a cuidarse, a quererse, a entender sus patologías como parte de una respuesta orgánica ante procesos que son multisistémicos y multicausales, saliéndose de la rigidez mecanicista de la causa y efecto de manera tan lineal para absolutamente todos los eventos conocidos como enfermedades en el marco de las disciplinas de la salud.


Pareciera ser que la palabra “deber” queda desplazada hacia ámbitos de responsabilidad en asistir a sus controles, tomarse los remedios y respetar a los demás funcionarios de la salud y no en cultivar la vida como se plantea desde la visión integrativa que lentamente empieza a aparecer.


La gente se da cuenta que el sistema sanitario está fracasando, ya no da más, los fármacos no son suficientes para los problemas generales de salud. Los amantes de las prescripciones siguen basando su fe y religión en los antibióticos principalmente, que sí tienen un efecto directo ante un cuadro, pero se olvidan del extenso vademécum para manejos sintomáticos que conllevan efectos adversos asociados. Por lo mismo, no es menor la cantidad de personas que rechazan los llamados “químicos” y se acercan al mundo de las plantas o a los imanes, pero cayendo en el mismo juego: sacarse el síntoma, sin mayor trabajo de por medio.


Se hace necesario un cambio de paradigma y de perspectiva, que finalmente nos reunamos y nos integremos antes que el sistema colapse definitivamente y terminemos autodestruyéndonos como especie y, lo que es peor, finalizar nuestra macabra obra de depredar a nuestro planeta.

EL INTEGRATIVO


El pensamiento en la integralidad de las cosas que se ven y no se ven, con procesos ocurriendo al unísono como si fueran los acordes de una sinfonía, representan el tipo de medicina que hace colapsar emocionalmente a los científicos de laboratorio por no entenderla.


Parece un acto arrojado, sin miedo a seguir la inspiración, sin importar las consecuencias muchas veces, absolutamente desafiante al status quo, el reflejar el espíritu de esta medicina, muy cercana a la persona, sin imponer y sin cuestionar mayormente a ciertas variables del ámbito extracorporal, lo cual molesta mucho al pensamiento lineal, mostrándose ininteligible para el académico pendiente de la evidencia de un paper, el mismo que nunca ha estado al lado del lecho de un enfermo, el que tristemente no sabe cómo es la complejidad de cada ser humano… un verdadero universo hacia el interior… y que va más allá, más allá del corazón de sus progenitores y de toda su ascendencia.


Y con la vista puesta en el otro camino, uno parte para dicho paralelo, rumbo al terreno de las medicinas biológicas, que al poco avanzar muestran también otra triste realidad, que supongo está influida porque al ser seres humanos, está todo sometido a la misma evolución.


Los mismos vicios, discusiones y ganas por figurar surgieron en los que despertaron del profundo sueño científico, con lo que obviamente muchos, incluyéndome, no estamos de acuerdo. Es que de las cosas malas del camino que elegimos al inicio como profesión y modelo de vida, aparentemente no se aprendieron todas las lecciones.


Se habla un discurso de armonía y fraternidad, pero que en el día a día no es más que una decoración y se aleja paulatinamente del trabajo en equipo, dando miradas sin un orden específico sobre distintos discursos en el ámbito biológico o biorregulador y que lentamente se van fragmentando por los vicios propios de cada ser humano. Ante un escenario donde no sólo el ortodoxo perdió su rumbo, sino que el alternativo vio como sus chakras se cerraban, encegueciéndose en sus planteamientos, se hace necesario plasmar algunas divagaciones con la idea de unirnos más que separarnos, de formar un verdadero modelo integrativo dentro del ámbito de salud, una auténtica y nueva visión.


Integración es hermandad, es mirar el escenario matricial donde desplegamos nuestros saberes con amor y no con egoísmos absurdos que al final van a tender a mecanizarlo todo otra vez, matando lo que ha costado tanto que florezca.

ENTONCES…



Es hora de hacer entender que no todo se limita a desparramar síntomas lineales en los escritorios y exigir su anulación, hay que asumir que la salud corresponde a cada uno y que se deben cultivar formas de vida saludables, basadas en una correcta alimentación, una buena calidad de vida emocional y espiritual, tener mascota y vivir junto a ella en plenitud biológica, estar establecido en un hogar saludable, con trabajos que uno pueda asumir y disfrutar, el proponerse metas y crecer en familia, el estar armónicamente bien con la naturaleza, el disfrutar de la música que más a uno le guste y en estar viéndose en los términos preventivos establecidos por el sistema sanitario, que ahí sí puede obtener rendimiento.


Que cada persona se dé cuenta que sus casos son particulares y únicos, que por más linealidades que existan cada ser es irrepetible y que los procesos sistémicos encasillados con nombres de enfermedades, así como aparecen, pueden controlarse o desaparecer, con respeto y responsabilidad, pero no esperando que otro venga con una prescripción milagrosa o que con un bisturí arregle directamente algo si persisten todos los entornos agresivos, la mala calidad de vida, la nula espiritualidad, el no vivir bien y el seguir comiendo alimentos industrialmente procesados.


Así no va a resultar, la propuesta responsable debe ser multisistémica, no lineal.


La medicina parece ser y no ser todo a la vez. La salud es un deber principalmente y no un derecho absoluto, tomándose con amor y responsabilidad, lo que a la larga va a derivar en menores tiempos de espera y en mejor capacidad resolutiva. A su vez, el modelo debiera ser efectivamente preventivo y no orientado a la prescripción en su totalidad, lo que involucra estar enfocado a lo que corresponde y cuando se deba. La medicina debiera llamar a la integración entre los diversos seres, actores, ejecutantes y funcionar armónicamente y no en este modelo que nos ha llevado al colapso que se vive actualmente. El abismo está ahí, faltan sólo un par de pasos, pero felizmente de la mano de más personas podremos alejarnos.


Ojalá que los profesionales de la salud abran su mente, que el científico deje de pelear contra quien quiere hacer el bien y no estafar, que el paciente tome las riendas de su vida y que se quiera como corresponde, y que el sanador deje de pensar que puede hacer las cosas solo.


Y, por supuesto, a no confundir la bellísima circunstancia que si se maneja una sola variable de muchas y la persona que estamos tratando se mejora sólo con eso, es porque eso es el responsable directo del problema, ya que la complejidad personal es tal que los procesos son globales dentro de la mátrix.



Que una persona cure un dolor con una terapia psicológica en exclusiva, no significa que todo en el mundo va a ser emocional. O que una persona, tras sacarse una muela del juicio, se haya curado un asma significa que todo va a tener que ver con la perversa interferencia de un cordal. No somos así, quizás confunda el hecho que sacando al síntoma más grave se haya sanado al proceso, cuando lo que está detrás es una vida entera con su vasta complejidad e individualidad, desde incluso antes de nacer.


Todos somos necesarios en la justa medida, apoyando en los distintos puntos en que requiere soporte la vida misma en su historia. Un enfoque biológico y dietético para las mucosas, un neuralterapeuta que converse con el neurovegetativo, un sanador del alma, unas manos que regulen las energías u ordenen la arquitectura postural, un alópata que suprima cuando realmente haya que hacerlo, o quien sea necesario, porque a veces basta una sonrisa o una buena compañía. Algunos más u otros menos, a veces y depende.


A la larga, el sueño terminó siendo simple: que nos unamos, antes de seguir decepcionándonos.

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